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Dietas que matan

Dietas que matan
El adelgazamiento milagroso, ¿Solución real, o acaso, uno de los negocios más rentables?

Cientos de libros, vídeos, programas de televisión, revistas especializadas, «health stores» (tiendas consagradas a la salud) o asociaciones como los «weight watchers» (vigilantes del peso) se nutren de la desesperación y la impotencia de los obesos crónicos, verdadera plaga en EE.UU.

La publicidad y el éxito de todos estos vendedores de sueños se basa precisamente en eso: ellos mismos han experimentado antes que nadie los efectos milagrosos (y contraproducentes) de sus saludables hallazgos.

Uno de los casos más conocidos fue el del doctor Stuart Berger, el dietólogo más famoso de los EE.UU., autor de millonarios libros sobre cómo mantener la línea que murió en 1994 con 165 kilos de peso. Esto, en su momento, puso en entredicho la bondad de las dietas milagrosas convertidas en “bestseller”.

El doctor Berger, a punto de aplicar en sí mismo su prodigioso experimento de la dieta inmunológica en poco más de un año pasó de 180 a 95 kilos (medía cerca de dos metros). Luego, no se sabe si por dejadez, hastío o insumisión, volvió a engordar y engordar hasta encontrar la muerte, causada al parecer por una insuficiencia cardiaca.

Le ocurrió también a Jim Fix, autor de «El libro completo del corredor», uno de los primeros en poner de moda la obsesiva práctica del «jogging». Murió a los 52 años de un ataque al corazón mientras corría por tener sus arterias obstruidas.

La publicidad y el éxito de todos estos vendedores de sueños se basa precisamente en eso: ellos mismos han experimentado antes que nadie los efectos milagrosos (y contraproducentes) de sus saludables hallazgos.

Alergias alimenticias

La controvertida y singular teoría del Doctor Berger consistía en lo siguiente: prácticamente todo el mundo sufre algún tipo de alergia a ciertos alimentos, y todo el mundo desarrolla también una especie de perversa glotonería hacia esos alimentos, que son los que más le engordan y peor le sientan. ¿Solución?

Diagnosticar las «alergias alimenticias» de cada persona y eliminar esos productos de la dieta.

Berger confiaba en el poder curativo de los vegetales, sobre todo de los brócolis al vapor (que venía a ser la panacea de todos los males). Las teorías de Berger fueron denostadas por dietólogos y especialistas en alergias, pero millones de lectores se pasaron a su «secta» y cientos de clientes se dejaron un buen puñado de dólares en su privadísima y carísima clínica de Manhattan. El «Doctor Dieta», además, postulaba semanalmente sobre comida y salud en su columna del New York Post.

Berger aseguraba que con su dieta inmunológica era capaz de tratar el cáncer, la excesiva presión sanguínea, la artritis y el síndrome menstrual, entre otras muchas cosas. De lo que no fue capaz fue de diagnosticar su propio mal, el mismo que le llevó silenciosamente a la muerte.

El fracaso estrepitoso de Berger ha hecho temblar a la mayoría de sus millonarios colegas, desde el popular doctor Atkins («revolucionario» de la dieta hipercalórica) al doctor Dean Ornish, autor del «best-seller» del momento: «Come más, pesa menos». Esa parece ser la tendencia de los 90: adiós al martirio diario de las calorías, adiós, incluso, a la batalla contra las grasas y el colesterol.

Otro de los nuevos profetas de la dietología, Richard N. Podell -autor de "La Dieta Índice G"- sostiene y confirma por experiencia propia que el secreto de engordar más o menos está en la combinación de los alimentos. Ni corto ni perezoso, invita a sus lectores a consumir moderadamente» chocolate, queso graso y mantequilla de maní o cacahuete. «¡No es broma!», advierte. El caso es que los norteamericanos parecen haberle tomado la palabra a los nuevos profetas de las dietas.

Con los pésimos resultados que saltan a la vista. En los últimos años, el norteamericano medio entre 25 y 30 años ha «engordado» cinco kilos. En 1985, el peso estándar era de 72 kilos con 850 gramos. Hoy por hoy, el promedio está en unos 77 kilos con 375 gramos. El dato ha trascendido durante la celebración de la Sociedad Americana del Corazón. La doctora Cora Lewis, directora del riguroso estudio, fue la primera sorprendida por los últimos resultados. «Los datos nos demuestran que hay que incidir mucho más en la educación de la gente, que hace falta incluso apoyo psicológico para combatir el problema del exceso de peso». Las modas del «jogging» y del «fitness»; la obsesión por los productos sin-azúcar, sin-grasas, bajo en colesterol; la fiebre de las dietas y las vitaminas; la sobredosis de libros y vídeos sobre la alimentación ideal, parecen haber surtido el efecto contrario.

Según el último informe del Natural Centre for Health Statistics, los norteamericanos han disminuido un poco el consumo de grasas y colesterol. Para compensar las «pérdidas», se ha elevado el listón de las calorías.

“No sabemos lo que comemos”

El ritmo de vida determina el tipo de alimentación y el consumidor nunca había tenido tanta información sobre nutrición y también tanto desconcierto. Algunos expertos, como Cecilia Díaz, profesora de sociología de la Universidad de Oviedo (España), opinan que “no sabemos lo que comemos” y “ahora aprendemos lo que es bueno o malo para comer a través de los medios de comunicación, las revistas Internet, y no a través de las madres, como ocurría antes”.

A las consultas médicas llegan también, de forma creciente, pacientes con trastornos de la conducta alimentaria no especificados como, por ejemplo, el “trastorno por atracón”, y en su mayoría muy relacionados con la obesidad. Este trastorno consiste en episodios repetidos de comida compulsiva en poco tiempo y, a diferencia de la bulimia, no tiene la compensación posterior que se da en pacientes con obesidad que suelen padecer, además, trastornos afectivos.


Fuentes: Diario el Mundo

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