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El
desarrollo de las artes culinarias ha permitido que
comamos multitud de alimentos que no podríamos
digerir de otra forma. Los alimentos cocinados han
enriquecido enormemente nuestra dieta. Pero la cocina
también resta gran parte de su valor nutritivo
a muchos alimentos que, en realidad, podemos comer
crudos. |
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Las
frutas y verduras crudas constituyen un complemento ideal para
una dieta sana y equilibrada. Al no tratarse con calor, los alimentos
conservan intacto su valor nutritivo, pero también todos
los microorganismos patógenos que hayan podido acumularse
en el transporte y manipulación. Siempre es importante
cuidar las normas de higiene con los alimentos, pero en el caso
de los crudos resulta crucial.
Consérvelos
siempre en un lugar fresco y seco, y lo más alejado posible
de la luz, para preservar mejor sus cualidades. No escatime esfuerzos
a la hora de lavarlos, use abundante agua, incluso con unas gotas
de lejía, y vuelva a aclararlos con abundante agua para
eliminar los restos. Por último, consúmalos inmediatamente
después de su preparación, para evitar la pérdida
de sus propiedades.
La
cocina es sin duda uno de los elementos que distinguen al hombre
de los animales. Pero el fuego no sólo ha traído
cosas positivas a la alimentación humana. En una sociedad
cada vez más desnaturalizada, en la que los alimentos al
natural desaparecen progresivamente de la dieta, se produce una
disminución del aporte de elementos fundamentales para
su equilibrio.
Los
alimentos crudos nos ofrecen sus nutrientes y propiedades con
una composición química determinada, que sufre modificaciones
importantes cuando los cocinamos. Gran parte de las vitaminas
y minerales por ejemplo, son altamente sensibles al calor, de
forma que se pierden cuando cocinamos los alimentos que las contienen.
Otros elementos, como las proteínas y las grasas, se transforman
por la acción del calor llegando a convertirse en elementos
nocivos para la salud.
Tras
la enzima perdida
Otro componente a tener en cuenta son las enzimas. Se trata de
moléculas químicas que provocan la reacción
entre distintos elementos, y sin los cuales ciertos procesos no
se llevarían nunca a cabo. Las enzimas se encargan, por
ejemplo, de deshacer la comida en el estómago, crear tejidos
nuevos a partir de las proteínas, reparar los que están
dañados, e incluso de generar más enzimas.
Estas
enzimas se encuentran tanto en los alimentos que tomamos como
en nuestro propio cuerpo. Las tres que intervienen principalmente
en el proceso digestivo son la proteasa, la amilasa y la lipasa.
Si bien están presentes en los alimentos que tomamos, desaparecen
al cocinarlos, lo que, según algunos estudiosos, obliga
al organismo a producir más. Este trabajo extra sería
innecesario si se comieran alimentos crudos; además al
ingerirlos de esta forma son más digestivos.
Esta
misma necesidad de trabajo extra puede acelerar los procesos degenerativos
en el organismo, es decir, provocaría un envejecimiento
prematuro. Si bien hay expertos que relativizan mucho la importancia
de estas alteraciones, todos están de acuerdo en que un
aporte diario de alimentos crudos resulta muy recomendable.
No
todo el monte es orégano
Sin embargo, no todos los alimentos pueden ingerirse crudos. Los
más propensos son las verduras, hortalizas y frutas, si
bien ni siquiera todas ellas pueden consumirse crudas.
Los
cereales, las legumbres y las patatas son muy ricos en almidón,
lo que hace imprescindible algún tipo de tratamiento para
poder ser bien digeridos. Las alternativas son el calor o, en
el caso de cereales y legumbres, la germinación. Se trata
de un proceso sencillo, consistente en someter las semillas a
condiciones de humedad y oscuridad que las hacen germinar.
En
algunos casos de problemas gástricos, intestinales o dentales,
ingerir determinados alimentos crudos puede convertirse en un
asunto físico más que químico. En casos así
se hace necesaria una dieta blanda, exenta de vegetales crudos.
Cómo
nos ayudan
La solución de algunos problemas de salud pasa irremediablemente
por la ingesta de alimentos crudos. Por ejemplo, resultan muy
útiles para el desarrollo de dietas hipocalóricas
para tratar la obesidad. Las hortalizas crudas también
aportan grandes cantidades de potasio y pequeñas de sodio,
lo que las convierte en aliadas inestimables para tratar casos
de hipertensión.
En
el caso de la diabetes y del colesterol, la presencia elevada
de hortalizas crudas aporta bajas cantidades de azúcar
y facilita el control del consumo de calorías y grasas.
Incluso en el caso del estreñimiento, los grandes aportes
en agua y fibra de las hortalizas crudas son de gran ayuda para
el control del tránsito intestinal.
En
definitiva, se trata de aliados valiosos en el mantenimiento de
la salud, que además no son difíciles de intercalar
en la dieta en forma de ensaladas o postres y, en el caso de la
fruta, por ejemplo, son la opción más sana para
sucumbir a la tentación de picar algo. ¡Ponga un
crudo en su vida!
Qué nos aportan?
Los
vegetales crudos constituyen una fuente muy rica en nutrientes.
Algunos expertos consideran incluso que son imprescindibles para
una alimentación sana y equilibrada. Cada tipo de alimento
aporta unos elementos únicos a la dieta, algunos de ellos
muy difíciles de conseguir de otra forma.
Hortalizas
y frutas frescas. Son muy ricas en vitaminas A, C y ácido
fólico, hasta el punto de que resulta casi imposible conseguir
estas vitaminas en las cantidades que se consideran necesarias
por otra vía distinta. Además, las frutas frescas
y las hortalizas aportan gran cantidad de minerales, cuya presencia
es muy deficiente en la dieta actual, como el hierro y el magnesio.
Pero las frutas crudas no solo son beneficiosas cuando están
frescas. Incluso después de perder su alto contenido en
agua, la fruta sigue siendo una fuente muy rica de fibra y energía,
contenida en sus azúcares.
Frutos
secos. Sin tostar son una forma rápida y efectiva de cargar
las pilas que no suele explotarse. Son ricos en proteínas
y grasas no saturadas, como el ácido linoléico.
Además aportan vitamina E, ácido fólico,
magnesio, hierro , calcio y fibra.
Aceite
de oliva. Consumido crudo es mucho más rico y aporta elementos
mucho más saludables que usado para freír. El ácido
oléico y la vitamina E son la principal riqueza del aceite
de oliva, pero desaparecen en un gran porcentaje con el calor,
por lo que consumirlo crudo es la mejor forma de aprovechar sus
propiedades.
Semillas
germinadas y hortalizas fermentadas. Las hortalizas fermentadas,
como el famoso chucrut alemán (col fermentada), pueden
ser alternativas a la cocina con calor, y proporcionan variedad
y riqueza.
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